04 diciembre 2015

Hallada en Pradoluengo una película de la inundación de Burgos de 1930


El desbordamiento de los ríos Pico y Vena, que por entonces no estaban encauzados, provocó el 5 de junio de 1930 una enorme arroyada en varias calles del centro, llegando en la Plaza Mayor a los 187 centímetros de altura. Como atestigua la marca que, pintada en color rojo, conservan las columnas del pasadizo existente entre la Casa Consistorial y el Paseo del Espolón. La anegación de locales, causó pérdidas «por valor de miles de duros», como reflejaba la prensa de la época y toda la ciudad se vio superada por la fuerza de la naturaleza.
Tras la muerte de su padre, los hijos del pradoluenguino Lorenzo Martínez San Román, entregaron «un cajón con varios rollos de películas viejas» a Lorenzo Arribas, para recuperarlas digitalmente. Arribas se encontró con una sorpresa tras otra. Fueron apareciendo obras filmadas en Pradoluengo por el propio Martínez, cintas que, mediante un proyecto financiado por la empresa local Prado Segur-Axa, se van a dotar de música, a cargo de Mariano Marín y de guión, por Juanjo Martín. Lo que nunca imaginó Arribas fue hallar una auténtica joya totalmente desconocida. Según Miguel Moreno, profesor de Comunicación Audiovisual de la UBU, anteriores a la Guerra Civil tan sólo se tienen catalogadas 4 películas sobre Burgos capital entre las que, hasta el momento, no figuraba ninguna relativa a las inundaciones de 1930.
En primer lugar, debemos decir que la cinta no cuenta con ningún tipo de cabecera, título, créditos o elemento que aporte información al respecto. Es probable, que las imágenes se tomasen al día siguiente de la inundación, el 6 de junio, ya que, aunque la altura del agua sigue siendo llamativa -con imágenes como el río Vena totalmente embravecido a su paso por San Lesmes, como un río alpino- algunos paisanos ya aparecen midiendo la marca que dejó el agua en las citadas columnas, lo que sugiere que el nivel ya había descendido.
Otros vecinos se asoman a los balcones de sus casas y observan con asombro los movimientos de las barcas que ‘navegaban’ por la Plaza Mayor o la Casa del Cordón, como si de una auténtica Venecia castellana se tratase.