07 marzo 2016

Joyas burgalesas en Las Edades

La vigésimo primera edición de Las Edades del Hombre, que acogerá la localidad zamorana de Toro entre los meses de abril y noviembre, contará con piezas procedentes de Burgos. Una de las obras de arte más espectaculares de la muestra será la naveta -recipiente en el que se guardaba el incensario- perteneciente al ajuar de Pedro Fernández de Velasco y Mencía de Mendoza que se conserva en la Capilla de los Condestables de la catedral.
La pieza, obra de Juan de Valladolid y fechada en 1487, está fundida en plata dorada y tiene forma de nave. También procede del templo metropolitano el cuadro ‘Nacimiento de San Juan Bautista’, de Giovanni Odazzi, obra del siglo XVIII. De la iglesia de Castrojeriz podrá verse en ‘Aqva’ el magnífico cuadro de Mateo Cerezo, el gran pintor burgalés del Barroco, ‘El bautismo de Cristo’. Y de la iglesia de Santiago de Sasamón uno de los relieves de su fabuloso retrato, obra de Felipe Vigarny. 
El agua como símbolo. ‘Aqva’ tendrá como sedes la Colegiata de Santa María la Mayor, el monumento más emblemático de Toro y que acogerá los cuatro primeros de los seis capítulos de la exposición, y la iglesia del Santo Sepulcro, que se encuentra en la Plaza Mayor de la localidad y en la que se ubicarán los dos capítulos restantes, además de tres espacios musealizados por la Fundación Las Edades del Hombre en las iglesias de San Salvador de los Caballeros, San Lorenzo el Real y San Sebastián de los Caballeros. El Capítulo I, ‘Agua de vida’, ocupará el espacio existente frente a la célebre Portada de la Majestad, en la Colegiata, y tratará el agua desde una perspectiva natural y antropológica, con referencias a la mitología clásica, su papel en la limpieza del cuerpo, los recursos hidrológicos, la ingeniería hidráulica y los recipientes domésticos de barro y de cristal para contenerla y beberla, entre otros aspectos.
El Capítulo II, ‘Preparando caminos’, nada más cruzar la Portada de la Majestad, se dedica al agua en la creación y en la historia de la salvación, desde los orígenes hasta la figura de Juan Bautista, y con un hilo conductor que sigue cronológicamente los textos bíblicos. El Capítulo III, ‘Los cielos se abrieron’, trata la figura de San Juan Bautista, con el que se cierra el ciclo profético del Antiguo Testamento y se abren los tiempos mesiánicos. El Capítulo IV, ‘Cristo, fuente de agua viva’, se dedica íntegramente a Cristo y a su relación con el agua durante su vida terrena, además de reflejar la vocación de los primeros discípulos junto al mar de Galilea, las bodas de Caná, el lavatorio de Pilatos o el Calvario, entre otros pasajes bíblicos.
El Capítulo V, ‘El bautismo que nos salva’, convierte en escenario la iglesia del Santo Sepulcro y está dedicado al bautismo, los recipientes para contener el agua, como jarros, cacitos o, especialmente, conchas, las olieras para ungir al catecúmeno, y objetos relacionados con el agua bendita, desde vinajeras hasta aguamaniles, pasando por navetas y sacras del lavabo, así como libros y cantorales de obras polífónicas relacionadas con el tema de la muestra. El Capítulo VI, ‘Renacidos por el agua y el espíritu’, expone, también en la iglesia del Santo Sepulcro, obras que representan a los santos que han dado testimonio de su vinculación existencial a Cristo, a quien se unieron por el bautismo.