24 abril 2016

Valentín, Donato, Germán, Emilio y Zacarías... cinco hombres buenos

La Catedral de Burgos acogió por primera vez en la historia de la Diócesis un acto de beatificación. Presidida por el cardenal Angelo Amato, la celebración eleva a los altares al sacerdote Valentín Palencia y a cuatro jóvenes alumnos que fueron fusilados el 15 de enero de 1937 en Cantabria por defender su fe cristiana.
Era un 15 de enero de 1937, un día frío seguramente en la localidad cántabra de Suances. Hasta allí habían llegado en verano, como tantos años antes, el sacerdote burgalés Valentín Palencia Marquina con un nutrido grupo de chavales de Patronato de San José, en la capital burgalesa, centro donde llegó a cobijar a más de un centenar de muchachos pobres a quien se daba educación y se enseñaba un oficio.
Era la rutina de cada verano, después de un curso plagado de estudios y diversas actividades, acercar hasta la playa norteña a pasar una temporada a ese ‘equipo’  de músicos y niños pequeños que no tenían a donde ir. Le acompañaron para atender las actividades a desarrollar en Suances varios jóvenes que creían en el proyecto de Palencia, colaboraban con él y que también habían sido acogidos en el Patronato, algunos  llegados de distintos lugares de la provincia, como el caso de Donato Rodríguez García, de Santa Olalla de Valdivielso; Germán García García, de Villanueva de Argaño;  Zacarías Cuesta Campo, de Villasidro, y Emilio Huidobro Corrales, de Villaescusa del Butrón.
Era aquel, todos los sabían un verano difícil, la situación en el país era critica, pero Valentín Palencia creía que tenía que hacer lo de siempre, atender a sus chicos, él estaba para esa labor y no otra. Sin embargo, el trabajo en Suances no escapó al ambiente general español y, tras declararse la guerra, se le prohibió decir la misa a partir del 15 de agosto. Él se las apañó para seguir celebrando la eucaristía en lugares ocultos y continuar con sus actividades con los chavales, hasta que fue denunciado al Frente Popular de Torrelavega, y el 15 de enero de 1937, Valentín Palencia y esos cuatro discípulos  fueron fusilados en el monte Tramalón de Ruiloba (Cantabria). Los jóvenes, entre 19 y 26 años, no quisieron abandonar al sacerdote a su suerte y entregaron también su vida defendiendo su fe.