05 junio 2019

El encanto de una musa llamada Orbaneja

Miguel Ángel Velasco con un ejemplar de su nuevo libro. - SANTI OTERO
Miguel Ángel Velasco
No vive de, pero se desvive por las pintura y la literatura. Ingeniero químico en lo profesional y creador por amor al arte, Miguel Ángel Velasco es un «autodidacta» seducido por el expresionismo que se nutre de múltiples fuentes antes de dar rienda suelta a los miles de recuerdos, paisajes y emociones que habitan en su mente. Por motivos laborales, ha tenido la oportunidad de «viajar por todo el mundo». Sin embargo, su musa siempre fue Orbaneja del Castillo, su tierra natal y protagonista indiscutible de ‘Bocetos para una época’ (1993) y ‘El color de los recuerdos’, recién salido del horno y motivo de orgullo para sus paisanos.
Desde su primera incursión como escritor a principios de los 90, Velasco ya tenía en mente publicar otro libro sobre Orbaneja. En esta ocasión, el autor recopila distintos relatos y vivencias de épocas pasadas que viajan hasta el presente a través de dos generaciones con diferentes puntos de vista pero con las mismas raíces. El color predomina de principio a fin en cada historia mientras el blanco y negro ilustra los capítulos. Con fotografías reales y una descripción «sentimental y melancólica» de lo que viene a continuación, el lector comprende de inmediato la trascendencia de una obra destinada a inmortalizar tiempos remotos e irrepetibles que solo la memoria puede rescatar del olvido eterno.
La elección de la portada no fue fruto de la casualidad. La sepia estampa de ‘El color de los recuerdos’ es un homenaje a la familia de Velasco. En el centro de la imagen se encuentra su bisabuelo y a la derecha su abuela por parte de madre. Para el escritor, la fotografía es «lo más importante» y el orden de los factores sí altera el resultado. Como si de un puzzle se tratase, cada pieza debe encajar en su lugar. De lo contrario, la composición global de la obra perdería su sentido.
Para regocijo de Velasco, Orbaneja no ha cambiado. Como si el tiempo se hubiese detenido hace décadas, la arquitectura y las calles del pueblo se mantienen intactas. Cierto es que la masificación turística «molesta un poco» a los vecinos, pero se respira vida y los restaurantes están «saturados». Este fenómeno beneficia a la economía local, pero tampoco estaría de más fomentar la cultura tradicional de la zona. Bajo esa perspectiva, el artista vocacional que se lo pasaba «de maravilla» en sus tiempos mozos ha planteado la posibilidad de construir un museo que mezcle pintura, paleontología y etnografía.