04 noviembre 2019

La Escalera Dorada, puro ingenio de Diego de Siloe

La Escalera Dorada, comenzada en 1519 y finalizada en 1523, es una pieza destacada en todos los manuales de Arte sobre el Renacimiento en España - Israel L. Murillo
Escalera Dorada de la Catedral de Burgos
Hoy lunes, 4 de noviembre, se conmemora el quinto centenario de la firma del contrato de obra de la escalera del brazo norte del crucero de la catedral de Burgos.
Uno de los más grandes maestros del Renacimiento español fue burgalés y se llamó Diego de Siloe. Nacido alrededor de 1490, fue hijo del escultor más afamado del tardogótico castellano, Gil de Siloe, un artista de origen flamenco que, bajo la protección de Isabel la Católica, dejó sus mejores trabajos en la Catedral de Burgos y, especialmente, en la Cartuja de Miraflores.
Desde muy joven el pequeño Diego conoció el vibrante ajetreo del taller de su padre donde, además de jugar entre materiales y herramientas, siempre tenía un momento para detener su mirada en las manos de los oficiales que bregaban con su instrumental la madera y el alabastro. Entre los discípulos de Gil sobresalía un joven francés que más tarde -para bien y para mal- fue un personaje decisivo en la vida de Diego: Felipe Bigarny, ‘El Borgoñón’.
Tras la muerte de su padre, el adolescente Diego de Siloe comenzó su formación como aprendiz en el taller del maestre Felipe. Uno de sus primeros trabajos acreditados sucedió en la sillería del coro de la Catedral burgalesa, donde Diego comenzó a dejar constancia de su habilidad con la gubia y el formón. Pero problemas de pagos y quizá una mala relación entre ellos -Bigarny se refirió en algunos documentos como ‘el hijo de maestro Gil’ cuando hablaba sobre Diego, evitando su nombre de pila- hizo que el joven escultor decidiera cambiar de aires abandonando el taller del maestro francés. Metió en un hatillo todas sus ilusiones y marchó hacia Italia en 1509 para aprender, junto al también artista burgalés Bartolomé Ordóñez, de todas esas figuras que estaban forjando un movimiento artístico y humanístico que más tarde se bautizó como Renacimiento.
Parece que en su camino por tierras italianas hicieron parada y fonda en Florencia, Roma y Nápoles. En esta última, los jóvenes artistas dejaron testimonio de su buen hacer en varias obras que todavía se pueden admirar en las iglesias napolitanas de San Giovanni a Carbonara y de San Giorgo Maggiore, así como en la propia catedral de Santa Maria Assunta. Durante esta época conocieron de cerca los principales núcleos artísticos de Italia y a sus más importantes maestros, entre los que destacaron Miguel Ángel y Donatello. Pero ambos burgaleses tomaron nota del trabajo de otros muchos artistas para sus futuros proyectos.
Ordóñez y Siloe regresaron a España en 1519. Según la catedrática María José Redondo Cantera en su estudio La obra burgalesa de Diego de Siloe (1519-1528), ambos se encontraron en Barcelona con el obispo de Burgos, don Juan Rodríguez Fonseca, importante personaje en la vida política y eclesial de la época. Bartolomé -que en ese momento trabajaba en el trascoro de la Catedral barcelonesa- pudo firmar la realización del sepulcro de los reyes de Castilla Juana y Felipe para la Catedral de Granada y Diego, tras presentarle un imaginativo proyecto a Fonseca, la obra de la Escalera Dorada para la seo burgalesa. Y así se fraguó el regreso de Siloe, tras diez años en Italia, a la Caput Castellae.
La vuelta de Diego a Burgos sucedió en un buen momento para él. Reabrió el taller de su padre en la calle Calera y se reencontró con su hermano Juan, también artista. Además, contaba con el apoyo del obispo y tenía lejos a su maestro Bigarny, muy ocupado con obras en La Rioja y Granada. Esta ausencia del Borgoñón quitó presión a Siloe, que pudo incluir en su trabajo todas las influencias y conocimientos adquiridos en Italia sin que el Borgoñón, toda una autoridad artística y empresarial en Castilla, pusiera inconvenientes ni trabas a esas nuevas formas estéticas. Además del proyecto de la Escalera Dorada, el obispo Fonseca le encargó la realización del sepulcro del obispo Luis de Acuña. Esta obra, que se encuentra en la capilla de Santa Ana, está inspirada en la tumba del papa Sixto IV. Estos dos encargos pusieron a Diego de Siloe en el candelero del arte castellano.
Poco después Bigarny regresó a Burgos. Conmocionado por los nuevos patrones italianizantes de su exdiscípulo -la tumba que esculpió el Borgoñón para don Gonzalo de Lerma en la capilla de la Presentación está claramente inspirado en el del obispo Acuña-, el maestro francés compartió con Siloe la talla de dos retablos de la capilla de los Condestables de la Catedral: el lateral de San Pedro y el retablo mayor. En ambos trabajos se puede ver una clara disputa estilística entre las piezas que labró cada uno. Las de Siloe, de una belleza y suavidad claramente modernas; las de Bigarny, todavía aquejadas de los aires tardogóticos que caracterizaban a su obra.
Durante esa década de los veinte del siglo XVI Diego continuó con su obra escultórica, realizando trabajos muy notables y célebres como el Cristo atado a la columna o la imagen de Santa Casilda que preside el santuario burebano. Sólo completó dos creaciones arquitectónicos: la Escalera Dorada y la torre campanario de la iglesia de Santa María del Campo. En el concurso de este proyecto tuvo su último roce con Bigarny. Ambos presentaron su trazado y, a pesar del poder e influencia del Borgoñón, Siloe se llevó el gato al agua. El francés pleiteó contra el diseño ganador, pero la decisión estaba tomada. Fue entonces cuando Diego de Siloe decidió marchar a Granada, donde comenzó una brillante carrera como arquitecto. La construcción de la torre de Santa María fue dirigida uno de sus discípulos, el cantero Juan de Salas.
En 1528, dejando atrás su ciudad natal y cierta amargura por el camino, Siloe arribó en la ciudad andaluza donde se consolidó como uno de los más completos artistas del periodo. Sus excelsos trabajos en el Monasterio de San Jerónimo y la Catedral granadina así lo atestiguan.
Diego de Siloe falleció en Granada en 1563, dejando una impronta indeleble en el arte español del Renacimiento y obteniendo el reconocimiento de sus contemporáneos.
En 1941 el historiador Manuel Gómez-Moreno incluyó a Siloe en su tratado "Las águilas de Renacimiento español", donde encumbraba a algunas de las figuras más importantes de ese periodo. Fue un punto de inflexión en el conocimiento de este artista para la comunidad académica, aunque es cierto que no dio la suficiente importancia a su labor como escultor, dejándola por debajo de su obra arquitectónica.